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El cerdo y Otros PELIGROS

El cerdo y Otros PELIGROSBy Joe Crews

Una búsqueda diligente de la verdad

Durante mis 46 años de ministerio, mayormente dedicado a la evangelización pública, he observado algunos métodos de estudio de la Biblia muy interesantes. Por ejemplo, muchos estudian con diligencia las Escrituras, no para encontrar la verdad, sino para que otros apoyen sus ideas religiosas preconcebidas. Su mente no está abierta a la instrucción del Espíritu Santo de Dios, por lo tanto, manipulan los textos bíblicos y hacen que denoten exactamente lo que ellos desean creer.
Uno de los grandes principios básicos del estudio de la Biblia, es buscar la verdad sobre un tema en todos los pasajes bíblicos. Literalmente, se puede sustentar casi cualquier cosa utilizando un solo texto aislado de las Escrituras. De allí la importancia de lograr un consenso acerca del tema, teniendo en cuenta lo dicho por Moisés, David, Jesús, Pablo y todos los demás autores inspirados. ¡Eso quizá represente cien versículos o más! Aun así, todavía se presta a confusión, porque cinco o seis de esos cien pasajes pareciera que contradicen el resto.
Entonces ¿deberíamos descartar esa media docena de versículos aberrantes porque no armonizan con los demás? De ninguna manera. Se los debe estudiar tomando en cuenta el contexto de los versículos contiguos y comparándolos con los 95 que concuerdan entre sí. Rápidamente se descubrirá, que la ambigüedad existe solo en la mente, y que el cuadro bíblico general está perfectamente enfocado y en unidad.
Se ha dicho que un texto sin su contexto es un pretexto, y creo que es así. Este es el caso de varios versículos extraños, que han sido piedra de tropiezo para miles de fervientes estudiosos de la Biblia. No obstante, al examinarlos con detenimiento, estos “textos problemáticos” armonizan entre sí y con el resto del registro inspirado. Debido a que estos pasajes tienen que ver con la alimentación, uno de los temas más populares de acuerdo a la opinión pública en la actualidad, trataremos de aclarar algunas de las confusiones que se plantea la gente referente a los alimentos prohibidos y las leyes bíblicas sobre la salud.
Los cuatro textos que examinaremos sobre el tema de una alimentación adecuada están en aparente pugna con otras revelaciones claras, diseminadas a través del Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Antes de avanzar, es importante mencionar el marco de referencia provisto por Dios en los escritos de sus siervos.
Hay capítulos enteros, como Levítico 11 y Deuteronomio 14, que enumeran en detalle las categorías de animales limpios e inmundos. Puesto que la dieta original que Dios prescribió no incluía carne de ningún tipo (Génesis 1:29), podemos tener absoluta certeza que la dieta de quienes vivían antes del diluvio y obedecían la ley de Dios, no incluía carne prohibida ni “inmunda”.
Después del diluvio, aunque se introdujo el consumo de animales limpios en la dieta de los ocho sobrevivientes, como resultado de la destrucción universal de toda la vegetación, no se permitió comer ningún animal inmundo. Dios ordenó preservar siete animales limpios en el arca y dos animales inmundos (Génesis 7:13). Obviamente, esto permitía que se pudiera comer la categoría de los animales limpios, mientras que el macho y la hembra de los animales inmundos, se preservaron para perpetuar la especie.
Cabe señalar que este permiso postdiluviano de comer animales limpios produjo un fenómeno interesante. Casi de inmediato, la expectativa de vida de la raza humana se redujo de aproximadamente 800 años a 150 años.
La experiencia del diluvio refuta un argumento popular utilizado por quienes insisten en comer animales limpios e inmundos. Estos afirman que la ley de los alimentos inmundos, solo se aplicaba al pueblo judío. Esto no es cierto, ya que no había judíos en los días de Noé, cuando Dios impuso la restricción sobre la raza humana. Además, la Biblia declara que la ley que prohíbe ciertas carnes tendrá vigencia hasta la segunda venida de Jesús (Isaías 66:15-17).

No es lo que entra...

Ahora bien, veamos los cuatro argumentos populares, que se utilizan para respaldar el consumo de carnes inmundas. En Mateo 15:11 encontramos un pasaje que, a primera vista, pareciera favorecer dichos argumentos. Jesús dijo: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre”.
Sin un contexto, este versículo parece indicar que podemos comer cualquier cosa sin contaminarnos ni ser condenados. Pero al analizar todo el capítulo, encontramos que este no tiene nada que ver con la alimentación. En el versículo 2 descubrimos, que Jesús estaba resolviendo una disputa con los fariseos, quienes insistían en que los discípulos respetaran la ceremonia de lavarse las manos antes de comer. El propósito de esta ceremonia era purificar la contaminación, resultante de tocar a cualquier persona u objeto gentil. Cristo condenó esta tradición hipócrita en los versículos 3 al 10, y declaró que adoraban a Dios en vano, al enseñar leyes hechas por el hombre. A continuación, en el versículo 11, expresó que la contaminación sale del hombre; no es que entra en él.
Después, Pedro le preguntó a Jesús: “Explícanos esta parábola” (Mateo 15:15). Esta declaración demuestra, que las palabras de Cristo no deben tomarse en forma literal, porque una parábola es simplemente una historia o declaración para ilustrar un tema. Observa de qué manera explicó Jesús el significado de su enunciado figurativo: “¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina? Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre” (versículos 17-20).
Ahora la situación comienza a aclararse. Jesús sabía que estos dirigentes religiosos albergaban intenciones asesinas contra él, sin embargo, lo que más les preocupaba a ellos, no era esa disposición malvada, sino una tradición ridícula en función de sus prejuicios. Cristo llamó a esos pecados internos por su nombre y luego declaró: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre”. Ese era el significado de la parábola. No se refería a la ingesta de alimentos, sino al lavado ceremonial de manos.
Hay cinco palabras en el relato de Marcos sobre el mismo incidente que desconciertan. Allí se cita a Jesús: “Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos [Énfasis agregado]” (Marcos 7:18, 19).
La expresión “haciendo limpios todos los alimentos”, ¿indica que cualquier cosa que se introduzca en el cuerpo de alguna manera se santifica y se vuelve saludable? ¡Claro que no! Nuevamente, Jesús subraya el hecho que la verdadera contaminación deriva de albergar impureza espiritual en la mente. La comida física atraviesa los procesos digestivos de purga y se separa del cuerpo, pero el pecado perdura como un veneno penetrante.

¿Santificado por la oración?

Pasamos a otro pasaje que ciertos lectores de la Biblia han malinterpretado increíblemente. Pablo le escribió al joven Timoteo: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado” (1 Timoteo 4:1-5).
Analizando con detenimiento el contexto de estas palabras, no encontramos nada que desentone con el resto de las Escrituras. Aparentemente, es una descripción de cierto grupo en el tiempo del fin que prohíbe el matrimonio, manifiesta gran hipocresía y está dominado por demonios. Además, este grupo exige que sus seguidores se abstengan de alimentos indudablemente limpios, “que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad”.
Nuestro propósito no es ahondar en la identidad de esta gente malvada que pervierte el evangelio, sino descartar la idea que el solo hecho de orar por la comida, la hace apta para comer. Pablo afirma que cualquier alimento preparado es aceptable, siempre que cumpla con dos requisitos: la Biblia lo aprueba (o lo santifica), y se debe orar por los alimentos con acción de gracias. Por favor, hay que tener en cuenta que ambos requisitos deben cumplirse, para que la comida forme parte de la alimentación cristiana. Cabe señalar que la palabra “carnes” en el idioma original, no se limita a los alimentos hechos con “carne”, como traducen algunas versiones bíblicas en inglés. La palabra griega brôma simplemente significa “alimento”.
Estos versículos, ¿sugieren que los topos, los murciélagos y las serpientes de cascabel pueden ser santificados como alimento con solo orar por ellos? ¡Al contrario! Nada es apto a menos que haya superado la primera prueba de contar con la aprobación de la Palabra de Dios. Si la Biblia dice que es limpio, solo entonces las oraciones de acción de gracias pueden garantizar el sello de la aprobación de Dios.

Criaturas abominables

Quizá, el criterio más común que sustenta la supuesta purificación de las carnes inmundas sea la historia de Pedro y su visión del lienzo que descendía del cielo. Sin embargo, un poco de contexto permite entender claramente el verdadero significado de la extraña visión de Pedro.
Como converso judío, Pedro consideraba que todos los gentiles eran inmundos, por lo tanto, indignos de la salvación. No les predicaba ni tenía ningún tipo de interacción social con ellos.
Pedro recibió la visión justo antes que los mensajeros de Cornelio, un centurión gentil, llegaran a su casa en Jope. Dios le había encargado a Cornelio que mandara a buscar a Pedro, y sus siervos estaban a punto de llamar a la puerta, cuando el fiel apóstol cayó en trance en la azotea.
En esa visión, Pedro vio un gran lienzo que descendía del cielo, repleto hasta rebosar con todo tipo de bestias, aves y reptiles. Tres veces, Pedro recibió la invitación a comer de esa variedad de criaturas repulsivas, y tres veces se negó. En cada ocasión, una voz declaraba: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (Hechos 10:15). Finalmente, la sábana volvió a subir al cielo con su cargamento de alimañas serpenteantes.
A estas alturas deberíamos hacer algunas observaciones claves. La respuesta de Pedro a la invitación a comer establece una cuestión muy importante. Él dijo: “Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás” (Hechos 10:14). Esto prueba que, durante los tres años y medio que había pasado con Jesús, Pedro nunca había visto ni oído nada que lo hiciera aceptar carnes inmundas. En otras palabras, Jesús no había cambiado la prohibición de comer animales inmundos, porque si así fuese, Pedro lo sabría y no hubiera respondido como lo hizo.
El contexto del capítulo 10 de Hechos revela, que Pedro al principio no entendió el significado de esta visión desconcertante. El versículo 17 dice que “Pedro estaba perplejo dentro de sí” acerca de lo que esta implicaba. Y otra vez, el versículo 19 dice: “Pedro pensaba en la visión”.
Mientras intentaba descifrarla, los tres siervos enviados por Cornelio llamaron a la puerta de Pedro. Él escuchó el relato de la visión de Cornelio y luego hospedó a los hombres. Al día siguiente, Pedro los acompañó de regreso a Cesarea, donde Cornelio reunió a su familia y amigos para darle la bienvenida al apóstol.
El meollo de todo el relato se encuentra en el versículo 28, donde el pescador-discípulo, que previamente había estado cegado, relata la explicación que había recibido de la visión. Se dirigió al grupo de gentiles con estas palabras: “Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo” (Hechos 10:28, énfasis agregado).
Aquí vemos claramente cómo Dios utilizó la visión del lienzo, para enseñarle al prejuiciado Pedro que ya no debía evitar a los gentiles. La visión no tenía ninguna relación con la comida ni la bebida. Se refería a la actitud de Pedro hacia la gente, no hacia la comida.
¡Qué lección impresionante para esa iglesia primitiva! Y es una lección que todos deberíamos aprender. Desde hoy, no dudes en corregir a los que intentan vincular esta visión con algún tipo de purificación de animales inmundos. En realidad, demuestra lo contrario, y enfatiza una de las mayores lecciones para los cristianos: considerar a cada persona de igual valor ante Dios, y no escatimar esfuerzos para ganarla para Cristo.

“Tropezadero para los débiles”

El último pasaje que es preciso estudiar en su contexto, se encuentra en Romanos 14. Puesto que, muchos lectores han sacado palabras y frases de su contexto lógico en este capítulo, se han creado algunas interpretaciones forzadas.
Hay un tema común importante a través de todo el capítulo. Casi todos los versículos se relacionan con el peligro de juzgar a los demás, un problema que era sumamente dañino en la iglesia cristiana primitiva, así como lo es en la iglesia actual. Para entender el consejo que dio Pablo en Romanos 14, primeramente debemos identificar a las partes involucradas y las cuestiones que eran blanco de críticas.
Había dos grupos principales en la iglesia primitiva: los cristianos judíos, conversos del judaísmo, y los cristianos gentiles, ganados del paganismo. Estos dos grupos no se llevaban bien. Todo el tiempo se criticaban entre sí. Veamos cuál era el motivo de la división. Los cristianos gentiles juzgaban a los cristianos judíos, porque comían carne que había sido sacrificada a los ídolos. Para el converso gentil, ese alimento no era apto para el consumo. Aunque ahora era cristiano, no podía olvidar que anteriormente ofrecía comida a los ídolos y, en su mente, ingerir esa comida lo conectaba a la adoración de ídolos. Por otra parte, el converso judío no tenía esos reparos, porque siempre había servido a un solo Dios y no sentía culpa por comer carne sacrificada a los ídolos. Se vendía en el mercado a un precio económico y muchos consideraban que era una oferta tentadora.
Leamos los primeros versículos de Romanos 14, sobre el hermano que era débil en la fe. “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme” (Romanos 14:1-4).
¿Podemos identificar al hermano débil si comparamos este pasaje con otros? ¿Podemos también identificar el problema que ocasionó el acto de “juzgar”? Sí. Pablo tuvo que abordarlo con detenimiento en 1 Corintios 10 y en 1 Corintios 8. Fíjate en la descripción: “Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. [...] Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina. [...] Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles” (1 Corintios 8:4-9, énfasis agregado).
Aquí reconocemos al hermano débil de Romanos 14:1 al 3. El cristiano gentil que pensaba que era pecado comer carne ofrecida a los ídolos. Pablo coincidía con los conversos judíos, en que la comida no tenía nada de malo, ya que, en definitiva, solo hay un Dios. Pero recomendó que no consumieran esa comida en presencia de los creyentes gentiles, para que no fuera una piedra de tropiezo para ellos. Compara este lenguaje con el consejo de Pablo en Romanos 14:13: “Ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano”.
En 1 Corintios 8:11 y 12, Pablo argumenta: “Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis”. Compara esa declaración con esta de Romanos 14:15: “No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió”. Observa también Romanos 14:21: “Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite”.
Obviamente, los relatos de Romanos 14 y 1 Corintios 8 se refieren al mismo problema. Se utiliza un lenguaje idéntico en ambas descripciones, y existían las mismas críticas recíprocas en alusión al problema.
Es necesario aclarar un punto más. La carne en cuestión no era “carne inmunda” en el sentido bíblico. La controversia solo giraba en torno a los alimentos que los cristianos gentiles “suponían” inmundos porque se ofrecían a los ídolos. Para ser exactos, los paganos no ofrecían cerdos ni otros animales inmundos en sus sacrificios, como demuestra Hechos 14:13. Por ende, cuando los cristianos judíos compraban alimentos ofrecidos a los ídolos, no era que esto estuviese mal en sí, como mencionó Pablo. Era indebido solo cuando ofendían al “hermano débil”, o al cristiano gentil, quien consideraba que estos alimentos eran inmundos por su conexión con el ídolo. La resistencia de algunos creyentes gentiles era tan fuerte, que se abstenían de comer carne y solo comían hierbas por temor a comer algo de carne que se hubiese ofrecido a los ídolos. En Romanos 14:1 al 3, Pablo insta a la iglesia romana a honrar la conciencia de esas personas y a recibirlas. No era un dilema moral y no podían permitir que este dividiera a la iglesia.
Al examinar estas aparentes contradicciones en la Biblia relacionadas con la alimentación, descubrimos la raíz de gran parte de la confusión teológica en el mundo religioso actual. Entender las circunstancias detrás del pasaje, nos permite captar las palabras y las frases en su presentación original y reconocer la hermosa armonía y unidad de las Escrituras.

Carnes no aptas para consumo humano

Reflexiona en este hecho notable. Si ciertos animales se identificaron como inmundos antes del diluvio; si se los consideraba inmundos cuando Pedro los rechazó en su visión; si se los llama inmundos en Apocalipsis 18:2, donde se habla de aves “inmundas”; y si Isaías declara que todos los que coman carne de cerdo y otras cosas abominables al momento de la segunda venida serán consumidos (Isaías 66:15-17), ¿cómo podemos creer que ahora estas carnes son aptas para comer? ¿Cuándo se volvieron limpias?
¿Tenía Dios alguna razón para prohibir el uso de determinados animales como alimento? Él nunca actúa de manera arbitraria. No tenemos indicio que la prohibición se basara en cuestiones ceremoniales ni enigmáticas. Por lo que sabemos, todas las categorías prohibidas entran dentro de esta clasificación, porque Dios quiere que su pueblo sea saludable y feliz. Sencillamente no eran aptas para consumo humano, y Dios le dijo a su pueblo que no comieran de ellas.
Los hallazgos de los nutricionistas modernos, que han determinado que muchas de las carnes “inmundas” son perjudiciales por contener grasas nocivas o elementos patógenos, corroboran esta conclusión. En la antigüedad, Dios acusó a su pueblo de autodestruirse por falta de conocimiento (Oseas 4:6) y le prometió librarlo de enfermedades si seguían sus leyes (Éxodo 15:26). ¿Por qué nosotros deberíamos prolongar la rebelión destructiva que marcó el rumbo del Israel de antaño?
Quien hizo nuestro cuerpo, también nos proveyó de un manual de instrucciones para el mantenimiento adecuado de este delicado organismo. Así como las recurrentes apostasías de Israel se relacionaban con “comer” y “beber” (Éxodo 32:6), el Israel moderno de Dios se extravía de la misma manera indulgente. Hay razones de peso para creer que, para Dios, esas leyes de salud para preservar el templo del cuerpo, son de igual importancia que los principios morales de la ley escrita.

Dos mil cerdos desperdiciados

Comprobamos, que Jesús nunca comunicó ningún cambio en las leyes alimentarias a Pedro ni a los discípulos. Analizaremos un episodio en la vida del Maestro, que expondrá claramente si él consideraba apropiado o no el consumo de animales inmundos como alimento.
En primer lugar, repasemos un principio que aflora a menudo en el ministerio de nuestro Señor. Él nunca fue derrochador. Coincidimos con el autor que describió a Jesús como el “Dios de la Economía”. Recordemos que pidió que se recogieran todos los restos de comida, después de alimentar a las multitudes. En dos ocasiones, Cristo ordenó que no se tirara nada. Las Escrituras detallan la cantidad exacta de canastas de comida que se recuperaron de las dos alimentaciones milagrosas en el monte: doce y siete (Lucas 9:17; Marcos 8:20).
Con este principio sólido en mente en cuanto a la disposición de nuestro Señor, de recoger cada pedacito de alimento comestible, por favor reflexiona, sobre su experiencia con los habitantes de Gadara. Junto a los discípulos, Jesús se embarcó en un viaje bastante trágico, al atravesar un mar violento y tumultuoso. En su desesperación, los discípulos despertaron a Jesús de un pacífico sueño, en el piso de la barca azotada por la tormenta. De pie en medio de ellos, Cristo ordenó a los elementos que frenaran su furor, e inmediatamente hubo calma.
Cuando la barca llegó a la otra orilla, el grupito se enfrentó a una amenaza más grande aún. Un loco desnudo y endemoniado salió corriendo de entre las tumbas como para atacarlos. Lo que ocurrió a continuación, es uno de los encuentros más insólitos en el registro de los evangelios. Jesús tuvo un breve diálogo, el único registrado en las Escrituras, con los demonios que controlaban a la víctima desenfrenada. Cuando la legión de espíritus malignos solicitó que se los enviara a una manada de cerdos en las cercanías, Jesús accedió. Cuando el desconocido se sentó a los pies de Jesús, ahora plenamente restaurado y debidamente vestido, el hato de dos mil cerdos corrió precipitadamente al mar y se ahogó.
Muchos se maravillan de este extraordinario giro de los acontecimientos. ¿Por qué Jesús provocó la destrucción total de esa valiosa manada? ¿Estaba al tanto de las circunstancias vinculadas a los propietarios y de su actividad antijudía como apacentadores de cerdos? Parece que sí. Pero evidentemente hay algo irrefutable: Jesús no consideraba que los cerdos fueran aptos como alimento. Quien ordenó que se recogieran las sobras de comida, ¿destruiría una cantidad de cerdos suficientes como para alimentar a un pequeño ejército? Es imposible creer que nuestro Salvador compasivo, permitiría ese desperdicio innecesario de recursos, cuando en todas partes había hambrientos y necesitados. La conclusión lógica es, que Jesús no consideraba aceptables como alimento, a estos animales que su Padre había declarado abominables.
A medida que se publican investigaciones nutricionales recientes, junto con recomendaciones de las autoridades sanitarias gubernamentales, cada vez más gente deja de comer productos animales. Publicaciones recientes confirman que los estadounidenses consumen demasiada grasa y pocas frutas y verduras. Es muy alentador ver un cambio gradual en los hábitos alimentarios de millones de personas, que han sido influenciadas ya sea por los consejos bíblicos sobre una alimentación adecuada o por las estipulaciones de las comisiones de salud gubernamentales.
¿Es razonable analizar con detenimiento las etiquetas de todos los alimentos antes de ingerirlos? En realidad, sería temerario no analizar la lista de ingredientes de los productos que llegan hasta nuestro estómago. Con frecuencia descubrimos que, en la producción de alimentos básicos para el hogar, se utilizan algunos de los animales prohibidos en la Biblia. Permítanme compartir con ustedes, lo que aprendí sobre el componente principal de un producto popular.

De la grasa de cerdo y orgullo

Hace algún tiempo, leí una apasionante historia de aventuras misioneras entre las feroces tribus de la Edad de Piedra de Nueva Guinea. Una alusión recurrente en todo el relato causó una profunda impresión en mi mente, y era la práctica aborigen de untar grasa de cerdo y hollín en la cara como tratamiento de belleza. Los orgullosos miembros de las tribus del Pacífico Sur se autodenominaban “Señores de la Tierra”, y el uso de esa mezcla cosmética, era una tradición afianzada en su cultura pagana.
Pero debo decirles por qué esa costumbre peculiar, causó tanto impacto en mi mente. Justo antes de leer el libro, había dirigido una campaña de evangelización en Nueva Orleans, Luisiana. Uno de los jóvenes que se bautizó en esa campaña, había trabajado durante varios años en una planta de procesamiento local. Él me compartió algunos datos interesantes sobre sus funciones en la planta y cómo se comercializaba ese producto posteriormente. Después que les explique el proceso en cuestión, seguramente comprenderán el alivio que sintió este hombre, al haber encontrado otro trabajo justo antes que comenzara la campaña.
Al conversar con él, supe por primera vez, de qué se trata realmente una planta de procesamiento. Es un centro de acopio de todo tipo de cadáveres de animales. Cadáveres de toda clase se transportan a la planta a diario. Algunas son criaturas salvajes muertas en la carretera, como zorrillos, zarigüeyas y otras. Grandes cantidades de animales en descomposición provienen de granjas donde las enfermedades han diezmado los hatos de cerdos, ganado vacuno y otros animales domésticos.
Una vez en la planta, estos animales muertos se volcaban todos juntos en una olla enorme que generaba un calor intenso. Al terminar el tiempo de cocción, esos cuerpos se sometían a un proceso de presión extrema, para extraer la grasa de huesos, pieles y demás. Es la grasa extraída, lo que compone el producto final de la planta.
Según el relato de mi amigo, es insoportable el hedor espantoso de la cocción de este conglomerado de cadáveres enfermos y en descomposición. Pero lo que más me interesó, fue la forma en que se utiliza la grasa extraída. En su gran mayoría, se vendía a los fabricantes de lápices labiales y maquillaje para ojos. Mencionó dos de las empresas de cosméticos más prestigiosas del país, como principales clientes de la planta de procesamiento. Cualquiera que vea los elegantes anuncios que muestran a mujeres glamorosas con la colorida “grasa” en su rostro, nunca sospecharía del verdadero origen de ese maquillaje.
¿Existe alguna diferencia entre la rutina de belleza de esas tribus del Pacífico Sur y la gente moderna y “civilizada”? Ambas prácticas, ¿no se basan en el mismo principio del orgullo humano? En un caso, la grasa de cerdo se refina, se pigmenta y se perfuma debidamente; el otro conserva sus cualidades naturales y se utiliza sin refinar.
Pero el aspecto que quiero enfatizar es que millones de bellas damas cristianas consumen esa abominable mezcla, sin darse cuenta de lo que contiene. Este es solo un ejemplo de invenciones similares, que van a parar al hogar y el cuerpo de millones de personas.
No obstante, debemos oponernos a la complacencia con alimentos prohibidos, no porque sean desagradables o nocivos, sino porque Dios dice que no deben introducirse en el templo del cuerpo. Ojalá que los principios bíblicos revelados en este libro formen la base de nuestro estilo de vida cristiano. “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).


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