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El Punto de No Retorno

El Punto de No RetornoBy Joe Crews

El Punto de No Retorno

Las palabras más trascendentales jamás pronunciadas por Jesús, tenían que ver con la terrible posibilidad de cometer el pecado imperdonable. En referencia a esto, Jesús dijo: “Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada” (Mateo 12:31).
Es imposible malinterpretar el claro mensaje de estos versículos. Existe un pecado mortal. Tanto hombres como mujeres pueden saltarse la línea que separa la misericordia de Dios y su ira, sin poder regresar. Estas escalofriantes palabras de nuestro Señor contrastan marcadamente con sus habituales expresiones de bondad. Por esta razón deben examinarse con mucho cuidado.
¿Cuál es este pecado que el cielo mira con tanto aborrecimiento y aversión? ¿Por qué Dios será tan severo con los culpables de cometer este pecado? Desde la perspectiva humana, diversos actos depravados y crueles entrarían dentro de esta categoría; pero ¿cuál de ellos consideraría Dios tan atroz y horrendo que no podría perdonar?
En ocasiones nos encontramos con personas que no saben si han cometido este pecado. Les parece que sus oraciones no van más allá del techo, y no sienten que merecen el favor o el perdón de Dios. Sin embargo, no pueden identificar ningún acto pecaminoso que les trunque la esperanza de la salvación. ¿Cómo pueden saber si han cometido el pecado imperdonable? ¿Es posible saberlo?
Antes de responder a las inquietantes preguntas sobre el pecado imperdonable, debemos reconocer una verdad gloriosa. Servimos a un Dios infinitamente amante y compasivo. No es su voluntad que nos perdamos. Ha hecho provisión en su Palabra para que toda alma sea limpiada y santificada. La increíble promesa de 1 Juan 1:9 se aplica a todo hombre, mujer o niño en el mundo actual: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Bajo la condición de una confesión sincera, Dios promete perdonar cualquier pecado, sin importar su naturaleza. “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18).
¡Qué seguridad tan especial para aquellos que han violado todas las leyes de Dios y los hombres, en su caída en el abismo de la degradación! ¡Aún así, Dios los ama! No hay culpa demasiado grande que no pueda limpiar. Espera con los brazos abiertos para recibir a cualquiera que dé el primer paso hacia el perdón y la misericordia.
Tal imagen de Dios parece estar en desacuerdo con las palabras de Jesús en Mateo 12:31, 32. Si el Padre está tan dispuesto a perdonar y salvar, ¿por qué existe el pecado imperdonable? La respuesta es simple. Cuando un pecado no ha sido confesado, no puede ser perdonado. No ha habido arrepentimiento. Dios no fuerza su perdón sobre ningún pecador. Deben arrepentirse y confesar. Incluso, la hermosa promesa de 1 Juan 1:9 contiene esa pequeña y significativa palabra “si”: “Si confesamos nuestros pecados”. De acuerdo con la autoridad de la Palabra de Dios, podemos estar seguros que todo pecado será perdonado, si se confiesa con fe y arrepentimiento.
Existen variadas opiniones en cuanto a por qué este pecado en particular nunca es confesado. Algunos creen que es suicidio; otros, que debe ser alguna terrible inmoralidad, o maldecir al Espíritu Santo.
Una cosa es cierta: ¡es un pecado! Este es un buen punto de partida, porque la Biblia presenta una definición simple de esa horrenda palabra “pecado”. “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Pablo amplía esa declaración al afirmar que el pecado es la infracción de la ley de los Diez Mandamientos. “Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7).
El pecado imperdonable no sólo tiene algo que ver con el quebrantamiento de la gran ley moral de Dios, sino que también es una ofensa contra el Espíritu Santo. La naturaleza de esa ofensa está estrechamente conectada a las funciones principales del Espíritu. Jesús dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26).
Además de enseñarnos todas las cosas, Jesús indicó que el Espíritu también “os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). Los que escudriñan la Palabra, con toda probabilidad han experimentado esta influencia de enseñanza guiadora del Espíritu Santo. No puede haber una comprensión auténtica de la verdad bíblica, sin la iluminación del Espíritu de Dios.
La tercera misión del Espíritu Santo es convencer de pecado. Jesús dijo: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:7, 8).
La obra especial del Espíritu es reprendernos o convencernos de pecado. Cuando se cometen agravios, nos remuerde la conciencia. Nótese que mientras permitamos que el Espíritu Santo nos enseñe, guíe y convenza, nunca seremos culpables de cometer el pecado imperdonable. Por el contrario, el rehusarnos a reconocer estas tres funciones del Espíritu, en nuestra propia experiencia personal con Dios, nos acerca a los mortales parámetros del peor pecado del que haya constancia.
Es intrigante estudiar la incidencia de este pecado en el registro bíblico. Hubo un momento cuando prácticamente todo ser viviente cruzó el punto de no retorno. “Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años” (Génesis 6:3).
Dios se refiere aquí al mundo antediluviano que pereció en el diluvio. Durante más de cien años, el Espíritu Santo instó al arrepentimiento a esa generación inicua por medio de la predicación de Noé. Aunque los pensamientos de sus corazones eran de continuo al mal, un pequeño remanente de ocho personas respondió al Espíritu y entró en el arca. El resto fue arrastrado por las furiosas aguas que cubrieron hasta el último centímetro de la superficie de la tierra. Después de años de paciente lucha, el Espíritu se retiró para dejar a los obstinados resistentes a merced del destino que eligieron.
¿Podría volver a pasar lo mismo? Existe un paralelo asombroso entre los días de Noé y la actualidad. Jesús dijo: “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre” (Lucas 17:26). Se cometen los mismos flagrantes excesos en todas las grandes ciudades del mundo. Las peores perversiones aún marcan el curso carnal de toda nación bajo el sol.
¿Por qué la vasta mayoría de los antediluvianos se negó a entrar en el arca de la seguridad? Muchos de ellos ayudaron a Noé a construir el enorme barco. El Espíritu Santo engendraba en ellos una profunda convicción, pero no se decidieron a obedecer el mensaje. Finalmente, Dios dijo: “Dejadlos. Mi Espíritu no contenderá con ellos para siempre”.
¿Habrá otro diluvio? De hecho, sí. Pero será un diluvio de fuego que destruirá por completo este planeta, y todo lo que hay en el. ¿Cómo responde el mundo al llamado de Dios para entrar en el arca de protección y seguridad? El mismo Espíritu suplica hoy; se proclama un mensaje similar de separación y reavivamiento; y se trata al Espíritu de Dios de la misma manera que se lo trató en los días de Noé.

Afrentar al Espíritu Santo

Leí en la Biblia tres actos que se comenten contra el Espíritu Santo. El primero se encuentra en Efesios 4:30: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención”. Notemos que se puede contristar al Espíritu Santo, y la Biblia dice que esto será una realidad en los últimos días.
¿Qué otro acto se cometerá contra el representante personal de Dios? En Hebreos 10:29, se nos dice que los hombres despreciarán al Espíritu Santo. “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” La palabra “afrenta” significa lo mismo que despreciar. ¡Imagínense! Despreciarán al Espíritu Santo. Consideremos un aspecto más. Hechos 7:51 agrega: “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros”. Hay tres acciones que los hombres harán para afrentar al Espíritu de Dios: lo entristecerán, despreciarán y resistirán, tal como lo hicieron en los días de Noé.
¿Qué efecto tiene sobre la persona toda esta rebelión contra el Espíritu? Casi imperceptiblemente, la conciencia se cauteriza y el corazón se endurece. Es por esa razón que se considera un pecado tan terrible. A veces las personas dicen: “No entiendo por qué Dios piensa que es el peor pecado”. Le diré porqué: El Espíritu Santo es el único método que Dios utiliza para alcanzar al individuo. No hay otra manera de salvar a una persona, excepto mediante el Espíritu Santo. Así es como se logra el arrepentimiento. Si no lo tenemos, no hay esperanza para nosotros.
Es como un hombre en el mar que está ahogándose, y alguien le arroja un salvavidas. Si él se aferra al salvavidas, puede salvarse, pero si se niega a aferrarse a su única forma de llegar a la orilla, perecerá sin esperanza. De la misma manera, estamos en este mundo, y la única forma en que Dios puede alcanzarnos es por medio del Espíritu Santo. Si nos alejamos del Espíritu, y nos rehusamos a escuchar y a obedecer, Dios tendrá que dejarnos ir, y nos perderemos. Por eso David estaba profundamente preocupado cuando elevó su oración de contrición. Mientras derramaba su corazón a Dios en el Salmo 51, dijo: “No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu” (versículo 11). Se daba cuenta que si Dios retiraba al Espíritu Santo, estaba perdido. Se quedaría solo, sin forma de salvarse. Por esto Jesús lo llamó el pecado imperdonable. Cuando nos alejamos y nos negamos a escuchar al Espíritu Santo, nos quedamos sin esperanza.

Las tres formas de ofender al Espíritu

He mencionado tres maneras en que las personas pueden cometer este pecado. En la primera, basta decir: “No quiero ser salvo; no quiero que me hablen de Dios ni de la Biblia”. De vez en cuando se topará con individuos así. Por fortuna, no es muy frecuente. La mayoría quiere ser salva, pero en ocasiones encontrará uno que otro que no le interesa. Están perfectamente satisfechos con su mundo carnal materialista. Note lo que dice Proverbios 28:13: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Los que no quieren renunciar a sus pecados, finalmente se convencerán que son felices sin Cristo. Con el tiempo, no sentirán ninguna convicción de pecado y el Espíritu Santo dejará de llamarlos.
El segundo grupo, que también es vulnerable a este pecado, alcanza el mismo nivel de rechazo, pero siguiendo una ruta distinta. Quieren sinceramente ser salvos, y les dirán a otros que su futura prioridad es ponerse a cuentas con Dios. Por desgracia, esta clase sigue esperando el momento oportuno para rendirse completamente. Con toda buena intención, no aprovechan los valiosos momentos, hasta que la indecisión les paraliza la voluntad. Estas personas continúan hablando de seguir a Cristo hasta el final, pero su capacidad de actuar ha sido destruida por la postergación. Al final, se demoran demasiado, y rebasan el punto de no retorno.
Sin duda, la mayoría de los pecadores imperdonables pertenecen al tercer grupo, del que quiero hablar. Por extraño que parezca, estas personas son las que menos se creería que cometerían el pecado imperdonable. Son miembros de iglesia —quizás hasta pilares en la congregación—. ¿Le sorprende? ¿Por qué tienen estos cristianos mayor riesgo de cometer este pecado, que los otros dos grupos? Porque no comprenden que la verdad es progresiva. Millones de cristianos se relajan en sus cómodas bancas, satisfechos consigo mismos de que son salvos. Se sienten absolutamente seguros de su conformidad con una iglesia, sin darse cuenta de que el bautismo es solo el comienzo de una larga experiencia de crecimiento.
Dijo el salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Cuanto más nos adentramos en la Biblia, más verdad es revelada y más responsables somos ante Dios. El Señor nunca ha revelado toda la verdad a una sola persona en un momento determinado. Una lámpara brilla lo suficiente para que el paso que se de sea seguro. A medida que avanzamos en ese paso, se nos revela el siguiente. Cuando crecemos en gracia y conocimiento, Dios espera que progresemos con la luz de la verdad que avanza.

La conciencia cauterizada por la desobediencia

Supongamos que veo la luz de la lámpara de la Palabra de Dios, pero me niego a obedecerla. Digamos que el Espíritu Santo me ha convencido, y comprendo perfectamente lo que exige de mí, pero es impopular e inconveniente. ¿Qué sucede, si por algún motivo, ignoro la luz y rechazo la verdad que el Espíritu ha revelado? Como es de suponer, el Espíritu sigue hablando, y durante un tiempo se libera una batalla en mi conciencia. Me siento miserable y culpable. Pasan los días, incluso meses, y continúo violando mi convicción de lo que es correcto. Poco a poco, la conciencia comienza a adaptarse a lo que el cuerpo hace. Lentamente, los sentimientos de culpa comienzan a disminuir, y los actos de desobediencia parecen cada vez menos objetables.
Finalmente, la verdad que parecía tan clara y sin complicaciones al principio, se convierte en una maraña de incertidumbre. Surgen racionalizaciones para justificar la desobediencia, y las primeras convicciones de pecado se desvanecen. La vida es casi tan cómoda como lo era antes que llegara la luz. ¿Qué ha sucedido? Hemos pecado contra el Espíritu Santo, y nos hundimos en el fango del pecado imperdonable.
Note que este pecado mortal no es un acto único, que pueda aislarse y etiquetarse. Puede ser cualquier pecado que se acaricie, a pesar de la luz y el conocimiento recibidos. En realidad, es una condición de sensibilidad cauterizada, provocada por la persistente desobediencia a la verdad. La reacción es similar a ignorar un despertador. La conciencia se vuelve cada vez más tolerante al remordimiento hasta que, finalmente, ya ni siquiera reconoce el indeseado aguijón de la convicción. Al igual que el reloj, enmudece, y da igual, porque ya nadie la escucha.
¿Se da cuenta que todo depende en realidad de lo que hagamos con la verdad? Santiago escribió: “Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). No importa un ápice si somos ricos o pobres, católicos, judíos o protestantes; lo importante es, si nuestra conducta refleja nuestro conocimiento.
Jesús amplió este principio esencial cuando dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado” (Juan 15:22). Entonces, ¿quién es responsable y punible ante Dios? Aquellos que han sido iluminados por el Espíritu Santo por medio de la Palabra. Las almas sinceras que actúan de acuerdo a su conocimiento, sea mucho o poco, serán aceptadas. Se les contará como pecado solo a los que han escuchado la verdad, y la han rechazado.
Cristo dijo: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9:41). Todo este problema del pecado imperdonable gira en torno al tema de obedecer de acuerdo a nuestro conocimiento. En otra ocasión Jesús dijo: “Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas” (Juan 12:35).
¿De dónde proviene la luz? Es el Espíritu Santo, quien nos guía a toda la verdad. Cuando nos rehusamos a obedecer la verdad, rechazamos el ministerio del Espíritu, que es nuestro único vínculo con la salvación. Literalmente alejamos a Aquel a quien Dios envió para salvarnos. ¿Se da cuenta cuán autodestructivo es esto? El mensajero especial de Dios está entristecido por nuestra deliberada negativa a responder a sus invitaciones de misericordia. Dios dijo hace mucho tiempo: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre”. Al final le dirá al Espíritu Santo: “Dejadlos. Si insisten en hacer su voluntad, no los persigas más”.

La religión de los padres es insuficiente

Probablemente la descripción más precisa del pecado imperdonable, en el Nuevo Testamento se encuentra en Hechos 7:51: “¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros”. ¿Cómo contendían estas personas contra el Espíritu de Dios? Esteban dice que lo hacían escondiéndose detrás de la religión de sus padres. Simplemente siguieron el mismo camino religioso que habían seguido sus padres. ¿Hay algo malo en esto? En este caso sí, porque el texto continúa describiéndolos como “vosotros que recibisteis la ley [de Dios] por disposición de ángeles, y no la guardasteis” (versículo 53).
¿Entiende mejor? Sin considerar lo que sus padres comprendieron, estas personas recibieron una ley que Dios les exigió obedecer. Toda generación y todo individuo serán juzgados sobre la base de su conocimiento, y cómo lo viven. Nadie tiene una religión suficientemente buena para otro, porque existen diversos grados de responsabilidad de acuerdo a la persona. Mi abuelo podría salvarse siguiendo la luz que tuvo, pero yo no podría salvarme haciendo lo mismo. Dios me hará personalmente responsable de mi propia medida de verdad revelada.
La verdad es que cuando voluntariamente se desobedece cualquiera de los mandamientos de Dios, se rechaza y desprecia al Espíritu Santo. Según la Biblia, el Espíritu no puede morar en la vida de quien no obedece. “Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5:32). Jesús reitera nuevamente: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:15, 16).

El pecado acariciado aleja al Espíritu

Tenga en cuenta que la desobediencia enseguida nos descalifica para ser llenos del Espíritu. Este excepcional representante de Dios se ofende cuando se rechaza su función principal. Su naturaleza es hacer que el pecado parezca supremamente pecaminoso. El pecado no puede florecer donde mora el Espíritu Santo. O se renuncia al pecado o se rechaza al Espíritu, el cual finalmente se retira.
Negarse a caminar en la luz no produce una separación inmediata de Dios. Sin embargo, la desobediencia persistente continúa endureciendo la conciencia, en cuanto a la gravedad del pecado. Ese estado de oscuridad, que resulta de la violación repetida de la verdad, es lo que se conoce como el pecado imperdonable.
¿Están realmente los miembros de iglesia y las personas religiosas en peligro de cometer este pecado? En una de mis campañas evangelísticas, una querida dama me estrechó la mano en la puerta, y expresó lo contenta que estaba acerca de la verdad del sábado la cual había aprendido esa noche. Cuando la animé a tomar la decisión de guardar el día de reposo, con seriedad respondió: “Voy a orar al respecto, y si Dios me impresiona para que lo haga, ciertamente lo haré”.
Esa respuesta puede parecer buena, porque habla de orar, pero me decepcionó mucho. Aunque la verdad fue revelada con claridad por la Palabra, ella le iba a pedir a Dios una evidencia más, antes de obedecer. ¿Cuál iba a ser la prueba de fuego? Un sentimiento. ¿Es seguro confiar en las impresiones como el criterio de la verdad? De ninguna manera. Satanás puede crear sentimientos al igual que Dios. No me sorprendió, unos días más tarde, cuando me dijo que Dios la había impresionado que no tenía que guardar el sábado.
Su error lo repiten millones de personas bien intencionadas. No comprenden que toda impresión, independientemente de la fuente, debe ser probada por la infalible Palabra de Dios. “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12). Dios nunca se contradice a sí mismo. Guiar a alguien en contra de su Palabra constituye una violación a su naturaleza. El Espíritu Santo siempre habla en perfecta armonía con la Biblia. Pablo les pide a sus oyentes que tomen “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Efesios 6:17). Esto revela que la Biblia es la espada afilada del Espíritu Santo. Ambos trabajan unidos para convencernos de pecado.
Si una persona decide no obedecer la verdad, ¿aceptará Dios esa decisión y le permitirá seguirla? Sí, Dios incluso permitirá que una persona crea una mentira, si así lo desea. Pablo habló de aquellos que “no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira” (2 Tesalonicenses 2:10, 11).
Amar la mentira más que la verdad, nos lleva de manera gradual a confirmarnos en ella, y a contristar al Espíritu de Dios. El ladrón que continúa robando, después de haber sido convencido por ese Espíritu, por último cree que no es malo robar. El que no guarda el sábado y deliberadamente continúa violándolo, algún día comenzará a justificar su pecado. Después de un tiempo, la conciencia se cauteriza y se vuelve insensible a la influencia del Espíritu Santo. Llega el día en que Dios habla por última vez, y la voluntad, paralizada por la indecisión y la continua transgresión, es incapaz de responder. Asimismo, el Espíritu no nos anuncia cuándo empezará a hacer la invitación final. Sólo sabemos que el Espíritu Santo no contenderá con el hombre para siempre. Finalmente, Dios dirá: “Dejadlo”.

La obediencia no es opcional

El mayor error que cometen las personas es creer que pueden volverse a Dios cuando les plazca. La verdad es que sólo pueden obedecer a Dios cuando el Espíritu les habla al corazón. Como agricultor, sabía que había un momento para sembrar trigo y cosecharlo, otras veces sembraba el trigo y no obtenía nada. Como evangelista, sé que hay un momento en el que usted puede decirle a Dios que sí, y otro momento en el que no le puede decir que sí.
Una de las declaraciones más fuertes de Jesús se encuentra en Lucas 13:24: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”. Ese versículo me mantuvo confundido durante mucho tiempo. ¿Cómo podría un Dios amante mantener fuera de su reino a alguien que en verdad quería entrar? Simplemente no tenía sentido. Entonces noté las palabras, “no podrán”. Esto colocaba el problema en el individuo, en lugar de colocarlo en Dios. El Señor estaba dispuesto a dejarlos entrar, pero ellos no podían aceptar su salvación. Se habían arraigado tanto a su desobediencia prolongada, que eran incapaces de arrepentirse de corazón. Como los buscadores de la verdad en el Antiguo Testamento: “Irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán” (Amós 8:12).
Algún día será demasiado tarde para encontrar la salvación. Pronto se cerrará la puerta de la gracia y nadie podrá entrar. Ahora es el momento de aceptarla. Ahora es el día de la salvación. No es de extrañar que Jesús llamara a esto, el pecado que nunca puede perdonarse. Es el pecado de esperar demasiado para obedecer, hasta que el alma se amolda a la obstinada demora.
Reitero que solo se puede obedecer a Dios cuando el Espíritu nos convence de hacerlo. Cuando se ahuyenta y se rechaza al Espíritu, no hay posibilidad de arrepentimiento.
Se cuenta la interesante historia de una enorme águila que vio el cadáver de un becerro sobre un témpano de hielo, que flotaba a lo largo del río Niágara. El águila descendió en picada con sus poderosas alas, se posó en el hielo y comenzó a alimentarse del cadáver. Confiada en la fuerza de sus alas, continuó deleitándose sin darse cuenta de que estaba al borde de la mortal caída de la catarata. Extendió sus poderosas alas para escapar; pero, por desgracia, sus garras se habían congelado en el hielo y no podía moverse. Fue arrastrada hacia el precipicio y aplastada contra las rocas.
También he conocido a personas que esperaron demasiado para tomar una decisión. Una y otra vez la gente se dirige a mí a la salida de una reunión evangelística y dicen: “Sé que lo que está predicando es la verdad, y tengo planes de hacer algo al respecto”. Otros me dicen que están pensando en lo que han escuchado.
¿Busca Dios a personas que sean comunicadores de la verdad? ¿Y qué de los pensadores de la verdad? Jesús no recibirá a nadie en el Reino con estas palabras: “Bien dicho, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor”. El Maestro jamás dirá: “Bien pensado, buen siervo y fiel”. Por el contrario, dirá a los que entren allí: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21). Lo más presuntuoso que alguien puede hacer es orar para entender la verdad, y luego negarse a obedecer cuando Dios responde a esa oración. Es mejor no haber conocido la verdad, que rechazarla después de haberla conocido. “Pero sed hacedores de la palabra, y no solamente oidores” (Santiago 1:22).

Escuchar y no hacer nada

La verdadera prueba de amor es lo que hacemos con la verdad que entendemos. En realidad, no es muy difícil convencer a las personas de lo que es correcto, pero es difícil convencerlas de obedecer. ¿No nos dice eso algo importante? Satanás sabe que la fe sin obras es muerta, y también sabe que la transgresión continua, entristece al Espíritu Santo. Por lo tanto, concentra su ataque en la voluntad y, evidentemente, tiene mucho éxito en hacer que las personas posterguen el obedecer. Cuanto más lo pospongan, mayor será la posibilidad de seguir esperando, y mayor será el peligro de alejar al Espíritu Santo.
Jesús enfrentó el mismo problema en su propio ministerio. Experimentó la amarga pena de ver a la gente apartarse de la verdad. La multitud se quedó hasta que empezó a hablar de actos que requerían sacrificio y acción. Todos se fueron. Esa es la experiencia más devastadora para cualquier predicador o maestro. Lo sé porque también me ha pasado. No me estoy comparando con Jesús, pero todo ganador de almas empatiza con Cristo, cuando les preguntó a sus discípulos: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Entonces Pedro respondió: “¿A quién iremos?” ¡Qué pregunta! ¿A dónde iría usted después de escuchar la verdad completa y sin adulteración? De seguro, no hay necesidad de buscar más. La luz adicional vendrá, solo después de obedecer la que ya se tiene.
Solo hay una cosa que se puede hacer con la verdad: ¡Obedecerla! No puede pasar por encima de ella, rodearla o atravesarla. No desaparecerá y no cambiará. Nosotros no quebrantamos la ley de Dios; ella nos quebranta, si la desobedecemos.
¿Cómo puede una persona saber si ha cometido el pecado imperdonable? La respuesta a esa pregunta es fácil y sencilla. Ni un ser humano ha contristado al Espíritu Santo si todavía experimenta la convicción de pecado y se siente atraído hacia Dios. Aquellos que procuran y buscan la verdad, no han cruzado el punto de no retorno. Puesto que el Espíritu no anuncia cuando hace el último llamado al corazón, nadie debe ser tan presuntuoso como para desobedecer voluntariamente ni una sola verdad conocida. El mayor peligro que enfrenta cualquier persona hoy en día es afrentar al Espíritu de Dios, negándose a obedecer su llamado. Los resultados son los mismos, sin tomar en cuenta las palabras que utilicemos para justificarlo. El resultado final es siempre la separación de Dios.
El aspecto más engañoso del pecado imperdonable es la aparente comodidad de una vida sin Dios. Por fin están libres de la crisis conflictiva que produce la lucha contra la conciencia. No sucede de la noche a la mañana, pero las persistentes convicciones se van debilitando hasta mezclarse con un estilo de vida cómodo y satisfactorio.
Ningún cristiano debería maravillarse de esta asombrosa paz mental que parecen tener los inconversos. Esa afección mortal solo se manifiesta en aquellos que ya no tienen dos voces y dos naturalezas que luchan por el control. Sin el Espíritu Santo, la carne disfruta de un dominio sin oposición sobre el corazón y la vida. Al no librarse más batallas espirituales, el pecado imperdonable aparenta traer alivio. Pero ese espejismo cubre un alma vacía, desprovista de toda capacidad de orar o confiar.
A menudo, en mis reuniones evangelísticas, la gente expresa preocupación de haber alejado al Espíritu Santo. Incluso mientras escuchan los mensajes noche tras noche, les atemoriza haber cometido el pecado imperdonable. A tales personas les puedo asegurar de forma clara y positiva que no son culpables de este pecado. Si fuese así, nunca se preocuparían por las cosas de Dios. Ciertamente no se encontrarían en un lugar de oración y estudio de la Biblia, expresando preocupación por su relación con Dios. Obviamente, el Espíritu Santo todavía los atrae, y crea un deseo por la verdad y la salvación.
Por otro lado, nadie debe sentirse protegido de este pecado, si camina contrario a la luz que Dios ha revelado. Toda persona que peca de forma deliberada avanza irremediablemente hacia ese momento fatal en que la conciencia no responde al llamado del Espíritu. Nuestra única seguridad, en todo momento, es saber que reclamamos la gracia de Dios para obedecer cada rayo de luz y verdad que alumbra nuestro camino.

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